Antonio Gavira. Hombres bragados y toros bravos

Antonio Gavira. Hombres bragados y toros bravos

La bruma de un día lluvioso apenas dejaba ver la silueta del Peñón pero se adivinaba. Y sobre todo se sentía. Él y su cultura. Y sus significados. Aquel enorme peñascal nunca pasó indiferente a nadie por mucho que lo veas y te digas que no es para tanto. Vaya usted a saber qué tiene pero es así: botín de guerra, fuente de riqueza, también de discordias, vigía de miserias, de aventuras… pasan los años y está ahí blindado de rejas, de aviones y barcos, y también de bancos, con las mismas discordias y las mismas leyendas.


Estamos en Soto de Roma, no se sabe muy bien si al principio o al final de la Ruta del Toro. Exactamente en el término municipal de Los Barrios. Una dehesa quebrada propia de la zona. Y al fondo la silueta del Peñón. No hace falta decir que sus trochas y cobijos son territorio propicio para el contrabando y la aventura. Yo me imagino por sus cerros a Teresa Mendoza, “La Reina del Sur” de Arturo Pérez Reverte, paseando con el piloto de las planeadoras a la espera de que un buen soplo les marque el momento de salir a la mar. El propietario de Soto de Roma, Antonio Gavira, asiente. Ya fue paso de contrabandistas en los tiempos del tabaco y lo es, eso duele más, en estos tiempos en que se negocia con la salud de los jóvenes y se trafica con los hombres.


Por aquellas vaguadas, al amparo de los chaparros, confundidos en las sombras de los arbustos, sigilosos, huyendo del hambre, de los hombres y hasta de los toros, buscando el camino de un futuro de difícil lidia se los encuentra Antonio Gavira con frecuencia. Tiritando de frío y miedo, asustados, generalmente en grupos y muy juntos, a la espera de no saben quién que les debe recoger. La leyenda dirá con el tiempo que por allí, por el Soto, siempre encontraron una mano amiga, un móvil prestado con el que pedir auxilio, un pan o el agua reconfortante que les quitase el salitre de los labios después de tantas horas de patera.