Los Derramaderos. Bravura torerista

Los Derramaderos. Bravura torerista

Este reportaje, absolutamente inédito en cuanto nunca llegó a publicarse en Aplausos, tiene un significado muy especial para mí y exige que les sitúe previamente. Lo escribí en la primavera de 2009, era el primero que realizaba pensando en este libro que por razones distintas demoró su publicación en el tiempo. En aquella visita a Los Derramaderos conté con la colaboración caballerosa y amable de Luis Núñez Moreno de Guerra y sus hijos Carlos y Luis, que ejercieron de impecables anfitriones. El destino no ha querido que siguiesen con nosotros pero no he querido cambiar el tiempo de los verbos ni mucho menos hablar en pasado. La memoria de aquella visita y su pasión hablando de toros y toreros, la mantengo fresca y presente. Espero que allá donde estén, seguro que es en el mejor sitio, el que corresponde a su calidad personal, les guste. En su memoria.

Los Derramaderos era el destino. Una visita largamente deseada. Fue el santuario de la bravura durante varias décadas. Territorio acotado por las figuras del momento. Bravura torerista. Genialidad campera. Tanto, que el toreo moderno, digamos que desde Manolete a nuestros días, no se entendería sin los núñez que crease don Carlos a la vera de la laguna de La Janda, en esa encrucijada que forman Vejer de la Frontera, Barbate y Tarifa.


He dejado atrás Vejer de la Frontera después de pasear sus calles atraído por su fama: ser el pueblo más árabe de los muchos pueblos árabes que hay en nuestra tierra y esos detalles a uno que nació en Benaguasil, tierra mora por excelencia, le cautivan. Tiene hermosa justificación la nombradía de Vejer y a la vez que veo por el retrovisor cómo se pierde, blanco y mágico, deslumbrante, colgado en lo alto de un cerro que le asoma a La Janda, prometo volver para pasearlo con tranquilidad moruna.


Voy dirección a Tarifa. La ruta tiene encanto, la gente del lugar te la define como la carretera de Algeciras a El Puerto de Santa María como referencias urbanas de primer nivel y para mí, aficionado a los toros, lo son en grado superlativo desde que escuché por vez primera la famosa recomendación de Joselito el Gallo, Quien no ha visto toros en El Puerto… y otro tanto diría de la capital del campo de Gibraltar por mucho que el coso de Las Palomas no sea en estos momentos lo que fue allá por los sesenta, cuando en su territorio reinaba el maestro Miguelín, tan tremendista y tan clásico a la vez, tan incómodo para los compañeros por completo lidiador.