Gerardo Ortega. Donde se escucha crecer la hierba

Gerardo Ortega. Donde se escucha crecer la hierba

-Escucha cómo crece la hierba, escucha… ¿la oyes?...


Lo ha dicho tan convencido que instintivamente he afinado el oído y prestado atención máxima tratando de escuchar como él ese sonido de la hierba creciendo. Reconozco que me maldije repetidamente por no ser capaz de percibir aquella música de la naturaleza que debía ser pura sinfonía dado el gesto de complacencia con el que se apoyaba mi amigo.


-¿La escuchas, la escuchas?... yo sí…


Me dieron ganas de pedir disculpas por mi mal oído, pero siguió explicándome y no me dio opción ni tiempo.


-Es cierto, sí suena. Date cuenta que esta mañana, cuando llegaste, había menos hierba. Se nota claramente cómo crece, pero sobre todo se escucha. El otoño está fuera y entonces pasan esas cosas.


Es verdad, el otoño está fuera. La frase, gráfica y exagerada, repetida apasionadamente, ese “escucha cómo crece la hierba” resume a la perfección la personalidad de Gerardo Ortega. Pura pasión por el toro, pura pasión por el campo. Un trueno urbano empeñado en criar toros bravos y bonitos porque está convencido de que una cualidad no vale sin la otra.


-Los toros son como los coches, si no son bonitos no se venden.


-Y hay que vender para vivir.


-Hay que vivir a ser posible vendiendo. Se vive mejor.


Ese es su reto de inicio, criarlos bravos y bonitos. Tez cetrina, cabello ensortijado, complexión recia, carácter volcánico, un tipo exclusivo. A su reto le ha añadido un más allá, algo así como un reto sobre otro reto.


-Quiero triunfar como ganadero sin beber, sin copas.


-Lo ha dicho con la máxima naturalidad. Y no crean que el reto no tiene intríngulis, ahora que los vapores de la crisis se cuelan por todas las rendijas ya no basta con el laboreo campero y hay que añadirle relaciones sociales a la cuestión.