Apolinar Soriano. Sierra Morena: un patriarca y una banda

Apolinar Soriano. Sierra Morena: un patriarca y una banda

La procesión del Santo Entierro marcaba el punto cero. Era la madrugada del Sábado de Gloria. Se acababa la Semana Santa, tiempo para el espíritu que todos respetábamos y comenzaba el tiempo para las sensaciones. Algo que para un grupo de jóvenes iba más allá en la escala de los deseos que cualquier otra experiencia de juventud: torear. Algunos lo situaban por encima incluso de los primeros encuentros amorosos con las muchachas que era lo que correspondía con nuestra edad. Todos sabíamos que los que no aceptaban esa jerarquía, primero el toro y luego… luego todo lo otro, quedaban bajo sospecha torera.


El toro es muy celoso, se da cuenta si le traicionas, te repetían los clásicos hasta crearte conciencia de pecador al menor desliz, así que la mayoría aceptaba esa ley no escrita sobre la castidad de los torerillos aunque a fuerza de ser sincero diré que en aquel grupo que coincidíamos por La Carolina no conocí a nadie que dejase pasar una oportunidad de burlar las recomendaciones. Si eran o éramos castos lo éramos a la fuerza.


Los había, eran los menos, tipos excepcionales que hacían compatibles las dos sensaciones: amar y torear y en ese caso no importaba el orden por mucho que los clásicos dijesen que era directamente imposible. Cosas de los antiguos, decían los infractores en el círculo de los más íntimos para justificarse y no sólo aceptábamos la reflexión con envidia y admiración sino que les convertíamos directamente en ídolos.


El invierno entero, qué digo el invierno, el invierno, el otoño y los días de verano, todo el año soñábamos con el momento en que las imágenes del Cristo del Santo Sepulcro, de la Piedad de la que algún irreverente aseguraba que era seguidora del Barça por los colores de sus túnicas y otras varias de las que no recuerdo su advocación…. pasaban por delante de la casa de Apolinar, en La Carolina. A mí se me metió en el alma aquella visión. Las sensaciones que despertaban en mí desde la primera vez que las sentí ya nunca las pude obviar. Era la señal. Los redobles de tambor, el paso cansado de los nazarenos que habían completado el recorrido procesional con un orden que ya no mantenían, la sentencia devota de una saeta de última hora rasgando el ambiente, más de una deserción entre los cofrades más jóvenes y menos respetuosos, la luz del alba que le daba suelta al nuevo día, los ojos muy abiertos de los chicos llegados de fuera… ese era el paisaje en el que arrancaba todos los años una aventura que nos bebíamos con fruición. Era el momento justo en el que le dábamos esquinazo a la rutina de nuestra vida de urbanitas.